"Ibón" es la palabra aragonesa (y creo que vasca) que se usa para referirse a los lagos de origen glaciar que hay en el Pirineo. En catalán se llaman "estanys" y en francés, "lacs". Yo utilizo la palabra "ibón" que me parece la más bonita.
Se forman en depresiones que hay entre las montañas, a partir de unos 2000 metros de altura, cuando se deshiela la nieve. Algunos son accesibles muy fácilmente, pero a otros solamente van a poder llegar los escaladores.
Incluso en verano, el agua está fría, pero no tanto como se podría pensar. El sol de agosto es fuerte y la va calentando. Sin necesidad de heroicidades, uno puede razonablemente entrar y salir del ibón, meter la cabeza dentro del agua, abrir los ojos y ver un mundo gélido, azulado y lleno de misterios: es la patria de las náyades. Podremos incluso nadar unas brazadas.
Todo eso hay que hacerlo en silencio, procurando no mover el agua más de lo estrictamente necesario, como si el ibón fuera un ser vivo al que no queremos lastimar. De hecho, en algunos está prohibido hacerlo, infórmense antes. Tampoco se puede gritar, ni usar protectores solares que puedan contaminar el agua. En una palabra: hay que bañarse pero con reverencia. Y si no estamos dispuestos a reverenciar al ibón ¿a qué hemos venido?. Yo, que no creo en ningún dios, siempre entro en los recintos sagrados con toda la solemnidad y el respeto. Sagrado es todo lo que puede profanarse, y esas aguas límpidas desde luego lo son.
Para que el ejercicio realmente sea un ejercicio, deberemos elegir un ibón que nos suponga un cierto esfuerzo, que esté un poco al límite de lo que podemos hacer sin lastimarnos. Algunos podrán subir en enero hasta los más difíciles y hacer un agujero en el hielo para entrar en el agua ¡bien por ellos! Pero yo no puedo hacer eso, ni falta que hace: cada uno debe saber donde está su límite, y de lo que se trata es de acercarse a ese límite. Poco importa cual sea. Entonces ¿no voy a recomendar ningún ibón? Naturalmente que no, cada uno debe encontrar el suyo y eso es parte del ejercicio.
Siempre, en toda la liturgia (y aquí estamos hablando de liturgia, sin Dios, pero liturgia) debe de haber un poco de dolor, un poco de miedo y un poco de incertidumbre. Dolor del cansancio, miedo a las tormentas que puedan venir por la tarde, incertidumbre de no saber si podremos llegar. Y después, si lo hemos logrado, al salir del agua, ese será el momento de la alegría....también debe de haber alegría, naturalmente, pero no puede estar asegurada.
Es posible que alguno de los compañeros haya traído un poco de vino. El paisaje a veces es tan increíblemente bello que nos puede dejar anonadados, con una sonrisa de beatitud. Y siempre habrá quien nos tome por imbéciles, siempre habrá quien nos mire entrar tal vez como adanes y evas en las aguas sagradas del ibón. Otros se extrañarán de nuestra actitud reverente. Pero nos secaremos al sol de agosto, comeremos, reiremos y pensaremos -durante unos minutos- que después de todo si que mereció la pena vivir.
Monja en rojo
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Que tenga que venir una monja a decir cosas que el partido comunista, ya
sea a nivel Estatal, o de Catalunya, no se atreven a decir, es sintomático
de la...
Hace 17 minutos








